'Desconectar para volver a conectar', una frase muy sonada en los últimos años que habla de la hiperconectividad digital y de lo alejados que estamos de nosotras mismas y de las demás personas.
Es paradójico que, en un universo digital, o metaverso, como les gusta llamar a algunos, seamos capaces de conectar con personas desde prácticamente cualquier lugar del planeta y, sin embargo, no seamos capaces de decir mucho de las personas que nos rodean. Muchos, incluida yo misma, vivimos escenas de la vida diaria en las que nos sentamos a compartir una mesa en la que, por momentos (para muchos, más largos de lo que les gustaría), solo estamos físicamente ahí; nuestro pensamiento y atención están puestos en algo más. Y digo algo porque nos estamos alejando del uso social de las redes.
Cada vez más vemos cómo esas redes "sociales" han dejado de lado la interconexión para dar paso a la principal motivación por la que fueron creadas: la venta, la publicidad y una narrativa hecha a medida cuyo sastre se llama "algoritmo".
Esta columna no va de lamentos, no va de buscar culpables y no pretende iniciar una revolución; se trata de hablar de nosotras, las personas. Si hay algo que disfruto hacer es observar. He transitado por distintos países, conocido otras culturas y observo algo en común con todos los seres humanos, algo que, en mayor o menor medida, está presente en cada uno de nosotros, y ese algo se llama convicción.
La convicción es una curiosa fuerza cognitiva, ya que funciona como un "adhesivo de doble cara": pueden convencerte de algo: unos hechos; una forma de vestir que te queda bien; qué deberías comer; cómo deberías educar a tus hijos, etc. Diría que esta es la cara del adhesivo que más se utiliza, pero no es la única ni la que mejor "pega". Tenemos el poder de convencernos a nosotros mismos de algo y esta es nuestra fuerza cognitiva más potente. El autoconvencimiento es nuestra mejor y peor arma, ya que la fuerza del mismo no se detiene, sino que avanza a pasos agigantados todo el tiempo que dure nuestra existencia. Puede representar un arma o una herramienta en función de cómo canalicemos esta fuerza. Por ejemplo, podemos ser atravesados por nuestro propio autoconvencimiento sin que esté alineado con nuestro bienestar, nuestras necesidades o anhelos; o bien podemos canalizar esta fuerza y emplearla para dirigir nuestra vida de una forma coherente con todos los aspectos de nuestra integridad humana.
Últimamente tengo la sensación de ser más consciente de mis propias convicciones y, fundamentalmente, de cómo estas a veces no se alinean con mis necesidades o deseos. Pueden ser ejemplos simples como seguir llevando stiletos mientras estás en lista de espera para una operación de juanetes; continuar un año más en un matrimonio que no te hace feliz; o gastar el dinero que no tienes por comprar un regalo de boda a tu mejor amiga.
A esta disonancia entre nuestras convicciones y nuestras necesidades o deseos la llamo la verdadera "desconexión". Una desconexión que nos coloca al servicio de las modas, de los mandatos sociales, nos aleja de cosechar amistades y relaciones de pareja basadas en la honestidad y, cómo no, nos pone al servicio de la digitalización, manteniéndonos hiperconectadas para que sea el algoritmo el que decida por nosotras.
¿Y si volvemos a conectarnos?