¿Y si te dijera que un TDAH no es el responsable de tu dificultad para mantener la atención, o que un TCA no es el problema por el que vives contando calorías? Ojo, no estoy negando que ambos trastornos deban ser atendidos, al contrario, pero quizá te ayude verlo desde otra perspectiva.
Piensa en esto, estás en el salón, vives en un ático, comienza a llover y de repente escuchas plop, plop, exacto, ¡goteras! E instintivamente buscas algo para contener el agua, un cubo parece ser la mejor solución. El cubo aguanta unas horas, a veces si no llueve mucho incluso algunos días, pero en cualquier caso es necesario vaciarlo para poder seguir conteniendo la gotera. Imagina que vives de alquiler y que tu experiencia te dice que no habrá solución, ¿qué harías? Exacto, tener un cubo a mano cada vez que llueva. El problema real no está en las goteras, sino en las filtraciones del techo, eso ya lo sabes pero la solución que tienes más a mano es colocar un cubo. Podríamos poner otro ejemplo, un tercer piso con goteras, misma solución pero distinto problema, en este caso no aparecen cuando llueve, sino cuando el vecino del cuarto se deja el grifo abierto.
¿Qué quiero decir con esto?
Todos en algún momento hemos sido ese cubo que sostiene las goteras, pero del mismo modo que no todas las goteras presentan el mismo origen, no todos los trastornos son el síntoma al mismo problema en las personas. A veces el síntoma aparece porque, de algún modo, está intentando mantener el equilibrio. Sí, has leído bien: equilibrio. Puede sonar extraño pensar que una conducta que nos hace sufrir esté intentando ayudarnos, pero el organismo y las relaciones humanas son mucho más adaptativas de lo que solemos creer. Muchas veces el síntoma no llega para destruirnos, sino para compensar algo que, sin él, quizá resultaría todavía más difícil de sostener.
Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿qué está sosteniendo el síntoma en mi vida? ¿Qué estaría ocurriendo si desapareciera mañana? La terapia sistémica nos invita precisamente a cambiar la dirección de la mirada. En lugar de preguntarnos únicamente "¿cómo elimino el problema?", también nos podemos preguntar "¿qué función está cumpliendo?". Quizá esa ansiedad te mantiene siempre alerta para evitar cometer errores. Tal vez el control sobre la comida te ofrece una sensación de orden en una vida que percibes caótica. O quizá esa dificultad para desconectar hace años que te protege de enfrentarte a emociones que aún no sabes cómo gestionar. No significa que el trastorno sea "bueno", sino que probablemente está intentando resolver un conflicto por los únicos medios que conoce.
Por eso cuesta pensar en la salud mental como una línea que separa con rotundidad a las personas "sanas" de las que tienen un trastorno. Me gusta mucho más imaginar un contínuo. Todos nos movemos constantemente entre momentos de mayor bienestar y momentos de mayor vulnerabilidad. En determinadas circunstancias cualquiera de nosotros puede desarrollar síntomas de ansiedad, depresión o una relación problemática con la comida. La diferencia no siempre está en la existencia del síntoma, sino en la intensidad, la duración y el impacto que tiene sobre nuestras vidas. Entender esto no resta importancia al sufrimiento; al contrario, nos recuerda que nadie está exento de él.
Tal vez una de las trampas más dolorosas sea acabar creyendo que somos nuestro diagnóstico. "Soy ansioso", "soy TDAH", "soy anoréxica". Poco a poco dejamos de hablar de algo que nos ocurre para convertirlo en aquello que somos. Y no es lo mismo. Un diagnóstico puede ayudarnos a comprender lo que estamos viviendo, orientar un tratamiento o poner nombre a un conjunto de síntomas. Pero ningún diagnóstico puede resumir la complejidad de una persona. Eres mucho más que la estrategia que tu organismo ha encontrado para intentar adaptarse a una situación determinada.
Además de atender un trastorno (que por supuesto merece ser atendido), quizá convenga preguntarnos qué ocurre en el resto del sistema. ¿Cómo son mis relaciones? ¿Qué lugar ocupo en mi familia? ¿Qué exigencias me impongo? A veces, cuando empezamos a cuidar aquello que alimenta las filtraciones del techo, el cubo deja de ser tan necesario. No porque desaparezca por arte de magia, sino porque, poco a poco, deja de cargar con una responsabilidad que nunca le correspondió.
Quizá no seas la gotera. Quizá no seas el cubo. Quizá haya llegado el momento de mirar al techo.
Nota de la autora: Este es un artículo inspirado en la perspectiva de la terapia sistémica. No pretende dogmatizar ni sustituir la atención psicológica profesional cuando esta sea necesaria, sino ofrecer una mirada diferente que invite a la reflexión y permita a cada persona construir su propio criterio.