Proyecto voluntario · sin ánimo de lucro

Sin bata ni diván
— un espacio de escucha

Acompañamiento psicológico voluntario y no terapéutico. Un rato para hablar, ser escuchada o escuchado, y sentirte acompañado — sin etiquetas, sin diagnósticos, sin prisa.

Importante: este espacio ofrece acompañamiento y escucha de carácter voluntario. No sustituye una terapia psicológica ni un tratamiento clínico. Si durante la conversación se considera necesario, se recomendará acudir a un profesional de la salud mental.

El proyecto

Sobre el proyecto

¿Quién hay detrás?

Detrás de este proyecto hay una estudiante de psicología en constante formación, con el compromiso de ofrecer un espacio de escucha humana, respetuosa y accesible.

Visión

Creo que todas las personas merecen ser escuchadas con atención, sin prisas y sin juicios. Mi propósito es acercar un espacio de conversación donde cualquiera, desde cualquier lugar, pueda sentirse acompañado a través de una videollamada.

Motivación

Este proyecto nace del deseo de ofrecer tiempo, presencia y escucha a quienes quieran compartir lo que están viviendo. Al mismo tiempo, quiero seguir aprendiendo de las experiencias, inquietudes, sueños y desafíos de las personas, entendiendo que la realidad humana va mucho más allá de los libros y la teoría.

Se trata de una iniciativa solidaria y sin ánimo de lucro que no sustituye la psicoterapia, el acompañamiento psicológico ni la atención clínica, sino que busca complementar esos recursos ofreciendo un espacio accesible donde hablar y sentirse escuchado.

Divulgación

Artículos sobre psicología y proyectos afines

Un espacio en construcción para compartir reflexiones, recursos y otras iniciativas relacionadas con el bienestar emocional.

¿Y si el trastorno no fuera el problema, sino una solución que encontró tu mente?

¿Y si te dijera que un TDAH no es el responsable de tu dificultad para mantener la atención, o que un TCA no es el problema por el que vives contando calorías? Ojo, no estoy negando que ambos trastornos deban ser atendidos, al contrario, pero quizá te ayude verlo desde otra perspectiva.

Piensa en esto, estás en el salón, vives en un ático, comienza a llover y de repente escuchas plop, plop, exacto, ¡goteras! E instintivamente buscas algo para contener el agua, un cubo parece ser la mejor solución. El cubo aguanta unas horas, a veces si no llueve mucho incluso algunos días, pero en cualquier caso es necesario vaciarlo para poder seguir conteniendo la gotera. Imagina que vives de alquiler y que tu experiencia te dice que no habrá solución, ¿qué harías? Exacto, tener un cubo a mano cada vez que llueva. El problema real no está en las goteras, sino en las filtraciones del techo, eso ya lo sabes pero la solución que tienes más a mano es colocar un cubo. Podríamos poner otro ejemplo, un tercer piso con goteras, misma solución pero distinto problema, en este caso no aparecen cuando llueve, sino cuando el vecino del cuarto se deja el grifo abierto.

¿Qué quiero decir con esto?

Todos en algún momento hemos sido ese cubo que sostiene las goteras, pero del mismo modo que no todas las goteras presentan el mismo origen, no todos los trastornos son el síntoma al mismo problema en las personas. A veces el síntoma aparece porque, de algún modo, está intentando mantener el equilibrio. Sí, has leído bien: equilibrio. Puede sonar extraño pensar que una conducta que nos hace sufrir esté intentando ayudarnos, pero el organismo y las relaciones humanas son mucho más adaptativas de lo que solemos creer. Muchas veces el síntoma no llega para destruirnos, sino para compensar algo que, sin él, quizá resultaría todavía más difícil de sostener.

Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿qué está sosteniendo el síntoma en mi vida? ¿Qué estaría ocurriendo si desapareciera mañana? La terapia sistémica nos invita precisamente a cambiar la dirección de la mirada. En lugar de preguntarnos únicamente "¿cómo elimino el problema?", también nos podemos preguntar "¿qué función está cumpliendo?". Quizá esa ansiedad te mantiene siempre alerta para evitar cometer errores. Tal vez el control sobre la comida te ofrece una sensación de orden en una vida que percibes caótica. O quizá esa dificultad para desconectar hace años que te protege de enfrentarte a emociones que aún no sabes cómo gestionar. No significa que el trastorno sea "bueno", sino que probablemente está intentando resolver un conflicto por los únicos medios que conoce.

Por eso cuesta pensar en la salud mental como una línea que separa con rotundidad a las personas "sanas" de las que tienen un trastorno. Me gusta mucho más imaginar un contínuo. Todos nos movemos constantemente entre momentos de mayor bienestar y momentos de mayor vulnerabilidad. En determinadas circunstancias cualquiera de nosotros puede desarrollar síntomas de ansiedad, depresión o una relación problemática con la comida. La diferencia no siempre está en la existencia del síntoma, sino en la intensidad, la duración y el impacto que tiene sobre nuestras vidas. Entender esto no resta importancia al sufrimiento; al contrario, nos recuerda que nadie está exento de él.

Tal vez una de las trampas más dolorosas sea acabar creyendo que somos nuestro diagnóstico. "Soy ansioso", "soy TDAH", "soy anoréxica". Poco a poco dejamos de hablar de algo que nos ocurre para convertirlo en aquello que somos. Y no es lo mismo. Un diagnóstico puede ayudarnos a comprender lo que estamos viviendo, orientar un tratamiento o poner nombre a un conjunto de síntomas. Pero ningún diagnóstico puede resumir la complejidad de una persona. Eres mucho más que la estrategia que tu organismo ha encontrado para intentar adaptarse a una situación determinada.

Además de atender un trastorno (que por supuesto merece ser atendido), quizá convenga preguntarnos qué ocurre en el resto del sistema. ¿Cómo son mis relaciones? ¿Qué lugar ocupo en mi familia? ¿Qué exigencias me impongo? A veces, cuando empezamos a cuidar aquello que alimenta las filtraciones del techo, el cubo deja de ser tan necesario. No porque desaparezca por arte de magia, sino porque, poco a poco, deja de cargar con una responsabilidad que nunca le correspondió.

Quizá no seas la gotera. Quizá no seas el cubo. Quizá haya llegado el momento de mirar al techo.

Nota de la autora: Este es un artículo inspirado en la perspectiva de la terapia sistémica. No pretende dogmatizar ni sustituir la atención psicológica profesional cuando esta sea necesaria, sino ofrecer una mirada diferente que invite a la reflexión y permita a cada persona construir su propio criterio.

Para saber más

  • Bateson, G., Jackson, D. D., Haley, J., & Weakland, J. (1956). Toward a Theory of Schizophrenia. Behavioral Science, 1(4), 251–264.
  • Bergman, J. S. (1987). Pescando barracudas. Pragmática de la terapia sistémica breve. Barcelona: Paidós.
  • McEwen, B. S. (1998). Protective and Damaging Effects of Stress Mediators. The New England Journal of Medicine, 338(3), 171–179.
  • Morrison, V., & Bennett, P. (2016). An Introduction to Health Psychology (4th ed.). Pearson.

La ansiedad, ¿enemiga o aliada?

La mayoría de nosotras hemos experimentado en algún momento de nuestras vidas un episodio de estrés agudo: sudoración, hiperemia, hiperventilación, etc. Son las señales que el sistema nervioso simpático —una de las dos ramas principales del sistema nervioso autónomo— envía a tu cuerpo con un objetivo claro: sobrevivir.

Se trata del famoso mecanismo flight or fight o, lo que es lo mismo, lucha o huida. Todo tu cuerpo se prepara para afrontar una de estas dos contiendas dependiendo de la magnitud del peligro. El ejemplo más clásico es el de un Homo Sapiens frente a un león hambriento en medio de la sabana.

Si nuestro ancestro disponía de lanza y punta, además de un óptimo estado físico y la valentía suficiente, probablemente optaría por la segunda opción, la lucha. No obstante, si nuestro amigo homínido hubiera pasado días sin alimento y estuviera desarmado, lo más probable es que correría por su vida y treparía al baobab más cercano, sin importar cuánto pudiera dañarse la piel en el camino, pues la liberación de adrenalina, junto con otros cambios fisiológicos propios de la respuesta de estrés, prepararía a su organismo para reaccionar con rapidez y podría disminuir temporalmente la percepción del dolor.

¿Y qué tiene eso que ver conmigo y con este nudo que tengo en el estómago?

Pues mucho más de lo que crees.

Volvamos al 2026. En este siglo, si estás leyendo esto, probablemente es porque tienes la fortuna de no tener que preocuparte por tus necesidades básicas; estas, en mayor o menor medida, están cubiertas. Y me refiero a aquello por lo único que nuestro ancestro vivía preocupado día y noche: tener un techo, alimento, descanso y no convertirse en presa de otros.

En la actualidad, al menos en los países desarrollados, el propósito de vida se traslada a cuestiones vinculadas a una conciencia "más elevada". Esto se traduce en éxito profesional, académico o sentimental; vaya aquello que hoy en día llamamos alcanzar la realización personal o este eslogan tan conocido y repetido de "tu mejor versión". Cuando nos enfrentamos a una situación que, bajo nuestro propio juicio, puede estar amenazando alguno de estos logros, la amígdala —una estructura cerebral implicada en el procesamiento del miedo y otras emociones— se activa (¡alerta, peligro, peligro!), el sistema nervioso simpático entra en juego y ahí estás tú: frente al ordenador respondiendo a ese jefe que te citó para una reunión y sabes de qué se trata, pero temes que te despidan; mirando compulsivamente el perfil de Instagram de tu pareja, no vaya a ser que te la esté «pegando» con otra; frente a tu clase de Filosofía, a punto de exponer la teoría de un tal Hume; o en el dentista, escuchando el ensordecedor sonido del instrumental con la boca abierta y aguantando la respiración. Como estos, se me ocurren muchos ejemplos.

¿Sabes qué? Esa simpática respuesta te está queriendo decir a gritos: ¡CORRE O ATACA! Y, a no ser que enfrentes a tu jefe, a tu pareja o salgas pitando del dentista y de tu clase de Filosofía, esa tensión seguirá ahí. Lo que sucede es que esa respuesta fue diseñada para ser aguda, es decir, momentánea. Sin embargo, cuando no «escuchamos» o «atendemos» las señales del cuerpo, nuestro sistema de respuesta al estrés puede permanecer activado más tiempo del necesario. Y es entonces cuando empezamos a hablar de la ansiedad como enemiga.

Volvamos a una situación de estrés. Piensa en algún evento que para ti haya sido especialmente estresante y que no hayas resuelto a través de la acción. Resulta entonces paralizante, ¿no? Cuando antes hablaba de valentía, no me refería a un ancestro libre de miedos, sino a uno que actúa movido por ese miedo, ya sea huyendo o luchando. El miedo es la emoción que hay detrás de la respuesta de estrés o, si hablamos de una respuesta magnificada y persistente, de la ansiedad. Si no resolvemos la ecuación que nos plantea nuestro organismo con una respuesta adecuada, esa activación puede mantenerse en el tiempo. De hecho, el estrés crónico se ha asociado a alteraciones en distintos sistemas del organismo, incluidos cambios en la respuesta inmunitaria y procesos inflamatorios. Esto puede traducirse en problemas de sueño, encías sangrantes, dolores musculares, digestiones pesadas, erupciones cutáneas... y un largo etcétera.

Ahora ya sabes un poco más acerca del mecanismo por el cual se alimenta esa ansiedad. Puedes trabajarla de diversas formas; lo importante es que sepas que tienes la capacidad de recuperar, poco a poco, el control sobre tu mente y tu organismo. Las dos principales vías son revisar tus creencias limitantes (¿a qué tengo miedo y por qué?) y tomar acción.

¿Cómo se toma acción? Si tienes miedo de hacer el ridículo en una reunión, ¡dilo! Verbalizarlo puede reducir la tensión. Si tienes miedo de que tu pareja te sea infiel, ¡díselo! Si la relación es saludable, encontraréis la forma de resolver la tensión que generan los celos. Y, en el caso del dentista... te felicito por cuidar de tu salud bucodental. Cuando termines, ¡cómprate un helado! (Siempre que tu dentista no te haya dicho lo contrario, claro 😉). Ese pequeño premio puede ayudarte a asociar la experiencia con una emoción más agradable y hacer que la próxima visita resulte un poquito menos estresante.

Para saber más

  • American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (5th ed., text rev.; DSM-5-TR).
  • McEwen, B. S. (1998). Protective and damaging effects of stress mediators. New England Journal of Medicine, 338(3), 171–179.
  • Sapolsky, R. M. (2004). Why Zebras Don't Get Ulcers (3rd ed.). Henry Holt.
  • National Institute for Health and Care Excellence (NICE). Generalised anxiety disorder and panic disorder in adults: management (CG113).
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